Añoranza

Parece mentira, pero hubo tiempo en este país donde la mejor opción de autoempleo era montar un bar o abrir un videoclub. Eran años difíciles económicamente para un país que aprendía a respirar tras una dictadura y que, pese a la mala situación económica, aún tenía algo en el bolsillo que rascar para tomarse el vermú o para pasar un buen momento disfrutando de una película. Esos tiempos remotos para toda una generación dónde ir el fin de semana o una tarde de víspera de festivo era toda una experiencia puesto que el boom del VHS en los 80 hasta finales de los 90 provocó el nacimiento de toda una industria (la  pornográfica) y el reciclaje de mecanismos y maneras de ver el cine.

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Así, la tradicional Serie B, ese cine comercial de bajo presupuesto que galopó durante tres décadas a la sombra de las grandes películas de estudio, renovó votos con la nueva coyuntura  de mercado y rejuveneció durante el tiempo vigente de VHS y videoclubes. A las nuevas generaciones les puede chocar que, en el mercado de alquiler, películas como “Ring de fuego” (Ring of fire, 1991) o “Arma perfecta” (The perfect weapon, 1991) pudieran hacerle sombra a “Le llaman Bodhi” (Point break, 1991) o que filmes que pasaban sin pena ni gloria por las salas fuesen auténticos blockbusters del sector home video tal que “Blanco humano” (Hard target, 1993)“Cadena perpetua” (The Shawshank redemption, 1994) o “Dark city” (1998). El direct-to-video se convirtió, pues, en una segunda oportunidad para algunos títulos, en salida de secuelas con pocas aspiraciones comerciales (ni artísticas en la mayoría de los casos), en refugio de estrellas caídas en desgracia o en colmar pretensiones de alguna estrella televisiva; de modo que se creó toda una suerte de star system complementario, cuasi paralelo, al de Hollywood que mutó al direct-to-DVD de la primera década de siglo hasta el video-on-demand actual. Distintas formas, mismos formatos.

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También se convirtió el videoclub en el recurso para presentar obras más allá del circuito comercial tradicional. Obras específicas con un nicho marcado que, sin embargo, daba pingües beneficios. Ejemplo de todo ello es la oleada del cine de animación japonés y, por arrastre, del cine asiático en general con el cine de género como puntal de lanza. Primero pudimos disfrutar de las andanzas de Jackie Chan y de toda una suerte de películas chinas de kung-fu y su contrapartida norteamericana de ninjas para, ya entrados los noventa, el apabullante desembarco del anime, todo un fenómeno social asentado ya en la chavalería patria.

 

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Serie B, nuevas fronteras y, por supuesto, las películas reinas. Esos encantadores revienta taquillas cuyo revisionado tras las salas era de religiosa obediencia fílmica o descubrir joyas pasadas que no se pudieron disfrutar en su momento. Por todo ello, los caminos de las nuevas fórmulas de los 70, junto a toda la imaginación y parafernalia de los 80 y el descubrimiento de un nuevo cine en los 90 confluyeron en una etapa efervescente en el videoclub de la esquina. Con el espíritu reivindicativo de esa época irrepetible nació hace ya una par de años Carne de videoclub, una reunión de amigos que disertan acerca de ese cine imaginativo y fantasioso y que ha mutado a web con el programa en podcast y artículos adicionales. Un espacio donde tienen cabida desde “Tiburón” (Jaws, 1975) hasta “El señor de las bestias (Beastmaster, 1982), desde “Batman” (1989) hasta “Atrapado en el tiempo” (Groundhog day, 1993) o un graciosísimo especial sobre el cartucho del Cinexín. Puro amor totalmente recomendable.

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En los tiempos que corren, ¿qué hay más punk que ser monárquico?

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El gran enigma que nos asola.

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Joyas de la familia I: el primo Mario.

Vergüenza ajena. O desde dónde acaba la compasión y dónde comienza el cachondeo más irreverente hacia los deslices más estúpidos e irrisorios de un individuo. Todos hemos sido testigos en numerosas ocasiones de algún  acto de dicha índole: ese comentario inoportuno en el momento más inadecuado, esa bragueta abierta en el ascensor, ese tampón asomando por el biquini… hechos que incluso al recordarlos tiempo después nos hacen cerrar los ojos para quitarnos la imagen de nuestra mente y exclamar un sonoro aarrrrrgggghhh. El aquí firmante recuerda con especial rubor la monumental pillada de un profesor a un alumno sacando chuletas en un exámen, algo normal, compresible y anedótico si no fuera porque el alumno era un señor sesentón bastante mayor que el docente. Cosas de la UNED.

Como ya todos sabemos, el hecho de ser un personaje público, sobredimensiona considerablemente las cosas, cualquier cosa. Y , ay, amigos, show business  y vergüenza ajena van cogiditos de las manos como corrupción y política. Uno de los apartados donde mejor recala el estupor ante tontunas varias de un individuo público es, sin duda alguna, en el deporte. Reflejo ancestral de superación física contra el adversario y contra uno mismo, es terreno abonado al binomio potencia física-poco cerebro que aumenta exponencialmente  cuanto mayor es la magnitud del deporte en cuestión. Ahí es donde nos topamos con especímenes como Mario Balotelli. Fiel ejemplo de lo anterior, que recoge el testigo de otros outsiders del balompié como Gascoigne o Maradona.

El amigo Mario lo tiene todo para ser leyenda: gran capacidad técnica, velocidad, poderío físico y, para el tema que nos ocupa, una abracadabrante capacidad para hilar cagada tras cagada cual Quijote moderno. ¿Cambiarse de look constantemente? ¿Vestirse en pla maniquí? Puagh, eso es basura de metrosexuales indolentes. Un auténtico bad boy hace cosas auténticas, pardiez. Ahí van unas cuantas para uso y disfrute:

– En su Italia de adopción (es originario de Ghana) ya empezó su afición de buscapleitos con tanganas en el campo, discusiones en vestuarios, lanzamiento de tomates a un entrenador o visitar una barriada en Nápoles y fotografiarse con dos conocidos mafiosos locales. Él se defendió sacando su lado cinéfilo diciendo que le entusiasmó la película “Gomorra” y quería notar el ambiente.

– Siendo jugador del Inter de Milán era un asiduo al graderío del AC Milan donde actuaba como un forofo más llegando a ponerse una elástica del eterno rival con su nombre. La cosa que no sentó, obviamente, nada bien en su equipo y al pobrecito le silbaban sus propios seguidores al saltar al campo. Reacción de Mario: ¿pedir perdón? ¿purgar sus errores con golazos? No, él es un macho Alfa y como tal no se rebaja. Peineta a su afición y un fuck you. José Mourinho, entonces entrenador suyo, decidió que no jugase más, a lo que nuestro díscolo favorito respondió cantando el himno del Milan en su cara y haciendo grandes aspavientos. Meses después fue traspasado al Manchester City Inglaterra y ahí, chatos, se destapó definitivamente la bestia.

– Parece ser que la pérfida Albión ha ido sacando poco a poco todo lo que el ínclito puede ofrecer al mundo: peleas con compañeros, grandes borracheras o agresiones a rivales.

Pero si dejar a su novia vía sms en televisión en directo, divertirse lanzando dardos a los juveniles de tu club o irte a un club de streaptease la noche anterior a un partido al crucial derby con el Manchester United parece poco ya para las espectativas de nuestro impredecible sujeto, agarraos fuerte, colegas, que vienen curvas. Porque el artista de la chorrada suprema sorprendió la noche antes de un crucial derby contra el Manchester United incendiando su casa con fuegos artificiales. La cosa se ve que fue un talismán, puesto que el City ganó en un histórico 1- 6. ¿Cómo celebrar esa espectacular victoria? pensaría nuestro antihéroe. ¿Celebrar cena con compañeros? ¿Celebrar fiesta con amigos? ¿Putas y champán? No, Supermario está por encima de todo, así que cogió su coche y empezó a dar vueltas por Manchester parando en los semáforos para chocar las manos con los aficionados del City. ¿Reformaría su actitud con ese extraño gesto? ¡ No canteis victoria! Días después estampó su coche de 200.000 euros.

– En vísperas de Nochebuena, pagó la cuenta, superior a las 1,000 libras, de todos los comensales del restaurante donde estaba cenando y en Navidad, se rumorea que era el extraño Santa Claus negro que repartió dinero entre la muchedumbre. El macho Alfa es desprendido.

– En un partido de la selección italiana, salió a jugar con una camiseta antigua. El macho Alfa es despistado.

– Estando en el banquillo en el City, fue cazado con su iPad jugando al popular “Angry birds” y facebookeando. El macho Alfa es hilarante.

– En pretemporada intentó chulear de mala manera al rival en un gol cantandísimo y le salió esto:

El macho Alfa es gilipollas. Pero le queremos tal y como es: un renegado, un rockstar, un nuevo Mesías de la vergüenza ajena para disfrute de nuestros abotargados corazones. Si no existiera Mario Balotelli, NADIE sería capaz de inventarlo.

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Punk rock, monopatines y sexo adolescente.

Veinte años no es nada decía el tango de Gardel. Y razón no le falta. Parece que fue ayer mismo cuando una generación de intrépidos cineastas  norteamericanos asaltaron la industria fílmica. La proliferación de festivales de un cine diferente y alejado de los parámetros de la década anterior hizo posible el pistoletazo de salida de estos artistas que reclamaban la herencia de los setenta ( la auténtica “edad de oro” por su calidad y compromiso) y se dirigían a una audiencia madura, tanto por su edad como por sus ambiciones intelectuales.  Retorciendo el legado de John Cassavetes y bebiendo del caldo de cultivo plantado por el “Nuevo Hollywood”, cada uno aportó su mirada particular en la regeneración de géneros clásicos (Soderbergh, hermanos Coen), nuevos caminos argumentales (Van Sant, Linklater, Sayles, Jarmusch, Hal Hartley), refresco de fórmulas comerciales de años anteriores (Kevin Smith), cine protesta (Spike Lee), crítica social cínica e irónica (Solondz, Wes Anderson) o la serie B pura y dura (Tarantino, Rodríguez, Bryan Singer, Alex Cox).
Y al igual que la naturaleza imita el arte, el arte imita la vida. Así, tiempo después,  observamos la trayectoria de esa generación con la misma curiosidad que nos supone conocer la vida y destino de viejos compañeros de instituto o escuela: unos acomodados placenteramente en la industria, otros despistados en sus divagaciones y otros simplemente olvidados. A este último grupo pertenece Larry Clark. Insigne fotógrafo de la cultura del monopatín,  se decidió a dar definitivamente el salto al celuloide tras conocer a un joven escritor skater, Harmony Korine. Juntos realizarían el típico debut de su generación: a bocajarro, sin concesiones, seco, directo, aplastante. “Kids” (1995), es un film descarnado e incómodo. Muy incómodo. Una mirada inquieta que disecciona la realidad como un afilado bisturí. El punto de partida de la filmografía de ambos autores (y de ciertos actores) y sus temas recurrentes: la incomunicación paterno-filial, la sociopatía, la caída del sueño americano y sus valores en una burda espiral degenerativa. Y el monopatín.

El cine de Clark se nos revela como un ente vivo. Cámara en mano y conversaciones casi improvisadas. Rápido montaje. Fotografía cruda y realista. Formal y estéticamente simple pero con un fondo arrebatador. Drogas, violencia juvenil, skateboarding y el sexo como acto crudo y sin artificios. Su vida de adolescente, sus obsesiones. Al igual que su obra fotográfica, sus películas son como un documental de su propia naturaleza proyectada en sus personajes: ya sea en el retrato de la adolescencia urbanita en su ópera prima, de los suburbios de clase media en “Ken Park” (2002), del choque entre los barrios conflictivos y los acomodados en  “Wassup rockers” (2005) o del acoso escolar en “Bully” (2001), su hiriente concesión a Hollywood.


Clark fue un grano en el culo en la conciencia de la sociedad estadounidense. No por compromiso. No por su ironía. Ni por su incómoda e impúdica manera de reflejar el sexo entre púberes que le valió la etiqueta de pedófilo enmascarado en artista. Lo es por su asedio a la realidad, su idea fija de retratar una verdad basada en actores amateurs que lo enlaza directamente a cineastas como Goddard o Rosellini y a la inmediatez del punk-rock que usa en sus bandas sonoras. El amigo Larry es fiel reflejo de sí mismo. Un punk con una cámara.

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Volviendo a derrochar neuronas.

Este blog comenzó publicándose aquí. A disfrutar.

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Satán come hierba.

“Dentro de mil años ya no habrá tíos ni tías, sólo gilipollas”. Así de tajante se muestra el personaje Renton del excelso libro “Trainspotting” y su gran adaptación cinematográfica. La misantrópica cita no tiene más revelación que el hecho de encender la tele o salir a la calle y echar una mirada alrededor y ver que el mundo está atestado de gente extraña, bizarra, eso que los modernos ahora llaman frikis. Da igual que sea en la música, en la política o en el ámbito más insospechado. En el futuro sólo habrá frikis, y el futuro ya es hoy. Buen ejemplo de ello es el Vegan Black Metal Chef, un tal Brian Manowitz que ha unido sus dos grandes pasiones: el black metal y la cocina vegetariana. Tal cual. El amigo nombra los ingredientes, los pasos de preparación de las deliciosas recetas y los consejos culinarios cantando como si de una canción de blasfemo black metal se tratara. Con toda la parafernalia satánica habida y por haber, léase: un altar con forma de pentáculo donde cortar los ingredientes, copas medievales para regar los alimentos o una daga con motivos arcanos que ríase usted del cuchillo Arcos de Arguiñano. Esta original muestra  de cocina ha hecho tanto eco en la red que el mismísimo Washington Post ha entrevistado al muchacho en cuestión. Como dijo Ferrán Adriá, la cocina es el nuevo rock & roll.

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