Punk rock, monopatines y sexo adolescente.

Veinte años no es nada decía el tango de Gardel. Y razón no le falta. Parece que fue ayer mismo cuando una generación de intrépidos cineastas  norteamericanos asaltaron la industria fílmica. La proliferación de festivales de un cine diferente y alejado de los parámetros de la década anterior hizo posible el pistoletazo de salida de estos artistas que reclamaban la herencia de los setenta ( la auténtica “edad de oro” por su calidad y compromiso) y se dirigían a una audiencia madura, tanto por su edad como por sus ambiciones intelectuales.  Retorciendo el legado de John Cassavetes y bebiendo del caldo de cultivo plantado por el “Nuevo Hollywood”, cada uno aportó su mirada particular en la regeneración de géneros clásicos (Soderbergh, hermanos Coen), nuevos caminos argumentales (Van Sant, Linklater, Sayles, Jarmusch, Hal Hartley), refresco de fórmulas comerciales de años anteriores (Kevin Smith), cine protesta (Spike Lee), crítica social cínica e irónica (Solondz, Wes Anderson) o la serie B pura y dura (Tarantino, Rodríguez, Bryan Singer, Alex Cox).
Y al igual que la naturaleza imita el arte, el arte imita la vida. Así, tiempo después,  observamos la trayectoria de esa generación con la misma curiosidad que nos supone conocer la vida y destino de viejos compañeros de instituto o escuela: unos acomodados placenteramente en la industria, otros despistados en sus divagaciones y otros simplemente olvidados. A este último grupo pertenece Larry Clark. Insigne fotógrafo de la cultura del monopatín,  se decidió a dar definitivamente el salto al celuloide tras conocer a un joven escritor skater, Harmony Korine. Juntos realizarían el típico debut de su generación: a bocajarro, sin concesiones, seco, directo, aplastante. “Kids” (1995), es un film descarnado e incómodo. Muy incómodo. Una mirada inquieta que disecciona la realidad como un afilado bisturí. El punto de partida de la filmografía de ambos autores (y de ciertos actores) y sus temas recurrentes: la incomunicación paterno-filial, la sociopatía, la caída del sueño americano y sus valores en una burda espiral degenerativa. Y el monopatín.

El cine de Clark se nos revela como un ente vivo. Cámara en mano y conversaciones casi improvisadas. Rápido montaje. Fotografía cruda y realista. Formal y estéticamente simple pero con un fondo arrebatador. Drogas, violencia juvenil, skateboarding y el sexo como acto crudo y sin artificios. Su vida de adolescente, sus obsesiones. Al igual que su obra fotográfica, sus películas son como un documental de su propia naturaleza proyectada en sus personajes: ya sea en el retrato de la adolescencia urbanita en su ópera prima, de los suburbios de clase media en “Ken Park” (2002), del choque entre los barrios conflictivos y los acomodados en  “Wassup rockers” (2005) o del acoso escolar en “Bully” (2001), su hiriente concesión a Hollywood.


Clark fue un grano en el culo en la conciencia de la sociedad estadounidense. No por compromiso. No por su ironía. Ni por su incómoda e impúdica manera de reflejar el sexo entre púberes que le valió la etiqueta de pedófilo enmascarado en artista. Lo es por su asedio a la realidad, su idea fija de retratar una verdad basada en actores amateurs que lo enlaza directamente a cineastas como Goddard o Rosellini y a la inmediatez del punk-rock que usa en sus bandas sonoras. El amigo Larry es fiel reflejo de sí mismo. Un punk con una cámara.

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